20 octubre 2012

Nuestra ignorancia

Caminar por la selva es saber que uno no sabe nada. La selva te produce una extrema conciencia de tu propia pequeñez, de tu ignorancia: ahí al lado, junto a tu bota embarrada, más allá de ese árbol, detrás de ese pantano están pasando tantas cosas que no llegás a ver ni manejar --y que suceden. No me extraña que muchas culturas indias sean tan fatalistas. En la selva --pasos en los pantanos, cruzar agüitas,  lodos sobre un tronco, hundiéndose y hundiéndose-- nada es más seguro que pisar en la huella del que pisó adelante: seguir, con cuidado, cada uno de sus pasos. Después hablamos de la ley de la selva: pisar sobre los pasos anteriores, no arriesgar.

Pero caminar por la selva no sólo implica la ignorancia sino, sobre todo, la conciencia extrema de esa ignorancia. Un punto: esa conciencia aparece porque decidimos observar nuestra ignorancia, porque viajamos muchas horas para ponernos en situación de contemplarla. Así es más fácil. En realidad para tener conciencia de nuestra ignorancia alcanzaría con mirar cualquier noche estrellada, o pensar cinco minutos en la infinidad de los procesos bioquímicos necesarios para pensar cinco minutos o, incluso, intentar entender la Argentina --o algo así. Quizás  --sospecho-- irse a la selva o a cualquier lugar notoriamente desconocido, ajeno --viajar, en síntesis--, sirva para no pensar que tampoco entendemos lo propio, lo cercano.


Martín Caparrós, El interior, Seix Barral, Buenos Aires, 2010.

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