Sí sí sí, eso era. La juventud tiene que pasar, ah, sí. Pero en cierto modo ser joven es como ser un animal. No, no es tanto ser un animal sino uno de esos muñecos malencos* que venden en las calles, pequeños chelovecos* de hojalata con un resorte dentro y una llave para darles cuerda fuera, y les das cuerda grrr grrr grrr y ellos itean* como si caminaran, oh hermanos míos. Pero itean* en línea recta y tropiezan contra las cosas bang bang y no pueden evitar hacer lo que hacen. Ser joven es como ser una de esas malencas* máquinas.
Anthony Burgess, La naranja mecánica (Cap. XXI).
Ed. Minotauro, 2003.
* Glosario
Malenco pequeño, poco
Cheloveco individuo
Itear ir, caminar
27 abril 2011
12 abril 2011
El montaje del recuerdo y la ficción
–Hay una parte de eso, pero a mí me gusta jugar mezclando cosas de mi experiencia vivida con otras completamente inventadas. Pero no lo hago como un recurso para esconder o disimular lo verdadero entre la ficción, sino que simplemente pienso que lo que uno imagina es parte de la experiencia, porque aquello que imagino corresponde a una parte de mí y otra persona imaginará otra cosa. Entonces, aún lo que yo imagino es parte de mi experiencia, de mi vivencia. Lo imaginario, lo inventado es tal vez como lo vivido.
–Creo que hay un lado positivo y otro negativo, de nuevo. Por un lado es espléndido que se termine con la discriminación. Por otro lado se convierte en una cosa políticamente correcta y como todo lo políticamente correcto, se vuelve un cliché. Durante mucho tiempo en las películas estadounidenses no se podía presentar a un negro como personaje negativo, porque era racista. Pasó mucho tiempo hasta que pudo presentarse a mafiosos negros. Ahora pasa lo mismo con los homosexuales: antes eran personajes ridículos, se asociaba homosexualidad con afeminamiento, eran caricaturas. Ahora todos los homosexuales son nobles, lindos, sufridos. Y va a pasar mucho hasta que vuelva a aparecer el homosexual malo y perverso como personaje de ficción. En el cine estoy hablando.
–¿Y en la realidad?
–En la realidad la ley del matrimonio universal, por ejemplo, a mí me parece totalmente ridícula, porque se ha luchado tanto tiempo por que se reconozca la diferencia y ahora se lucha por el derecho a la igualdad. Alguien me dijo hace poco, no recuerdo quién, que eso es totalmente cierto, pero que nadie obliga a los homosexuales a casarse, como nadie obliga a las mujeres a abortar ni a los matrimonios a divorciarse. Que si existe la ley de divorcio, la despenalización del aborto y la ley de matrimonio universal, se acabó la discriminación. Lo que pasa es que a mí el matrimonio me parece una institución funesta para todo el mundo.
–¡Uh, totalmente! Pero no de manera deliberada: la memoria va eligiendo. Así como cancela cosas que quiere borrar, va privilegiando otras. Los últimos años de vida de mi madre, en los que lentamente se iba hundiendo en la senilidad, yo le preguntaba cosas del pasado –algunas inverificables, porque eran anteriores a mi recuerdo– y lo que ella recordaba era distinto de lo que yo recordaba. Y no sé si era la senilidad o, al contrario, si recordaba muy bien y era mi memoria de adulto la que había cancelado cosas porque le resultaban incómodas. Cuando se realiza un montaje, uno elige algunas cosas y deja otras fuera. Es muy difícil saber hasta qué punto la memoria opera de ese modo.
–Entonces cuando uno escribe o hace cine, trabaja como esa memoria: uno elige qué conserva y qué descarta.
–Escribir es ir eligiendo, hacer un montaje. Lo ideal es que lo que se elige parezca la punta de un iceberg y que el lector sospeche que hay nueve décimas debajo. Eso le da cierto poder, cierta densidad a la ficción. Pero tiene que ver con distintas maneras de concebir la escritura. Para mí es escribir y después ordenar, cortar, cambiar de lugar. Montar, casi cinematográficamente. Y pienso que hay cosas que una vez que las escribo, me libero de ellas.
Fragmentos de la entrevista de Juan Pablo Cinelli a Edgardo Cozarinsky.
Publicada en diario Tiempo Argentino, el domingo 10 de abril de 2011.
09 abril 2011
Jarret
Si el jazz es siempre irrepetible, es posible que estas improvisaciones sin clichés de ninguna índole, sin esas fórmulas que actúan como las grampas y los clavos de los andinistas, para sujetarse a una idea, a una región armónica, a ciertos patrones rítmicos, lo sean en extremo. Que Jarrett, por la fuerza de su pathos, haya llegado allí a un punto de depuración –y de abismo– absolutamente único. En el libro Mi deseo feroz, que recoge una serie de conversaciones de Jarrett con Kunishiko Yamashita y Timothy Hill, el pianista habla de cómo quedarse en un acorde de La Menor y aceptar lo que ese acorde es, sin intentar disimularlo ni investirlo de ninguna pretensión. Habla también de evitar los lugares comunes, de no caer en esos movimientos casi automáticos que se hacen para embellecer un acorde. “Es fácil agregarle una sexta o una novena para que suene más atractivo o más jazzístico. Lo verdaderamente interesante es, en cambio, mantenerse ahí, dejarse ganar por el color del acorde hasta que uno sepa que de ahí puede ir a cualquier lado.”
No debe olvidarse, que Jarrett, a su manera –es decir, a la manera del mercado discográfico y de la producción de un sello como ECM, que Manfred Eicher creó casi a su imagen y semejanza (la de Jarrett)–, siempre tendió al wagnerianismo. En una época en que un álbum doble era un acontecimiento y los triples correspondían a los proyectos más descomunales de los grupos de rock más pretenciosos, Jarrett editaba dobles o triples como si nada y llegó a la desmesura de un álbum de diez discos de larga duración (la edición en CD abarca seis) con Sun Bear Concerts, grabado en 1976 en Kioto, Osaka, Nagoya, Tokio y Sapporo. Otra edición fuera de medida, los seis CD que cuentan todo (absolutamente todo) lo que sucedió en cada uno de los seis sets de cada uno de los shows que el trío dio en el Blue Note a lo largo de tres días de 1994, dan cuenta de la misma idea, fractalmente ampliada, de sus improvisaciones. Allí todo cuenta. Y Jarrett cuenta también –y es por cierto más interesante que la historia del abandono de su mujer y la fragilidad emocional en que esto lo sumió– la historia de esas historias.
Fragmentos de La búsqueda de la idea como una de las bellas artes, por Diego Fischerman.
Nota publicada el sábado 9 de abril de 2011 en el diario Página 12.
Link a la nota completa.
Fragmentos de La búsqueda de la idea como una de las bellas artes, por Diego Fischerman.
Nota publicada el sábado 9 de abril de 2011 en el diario Página 12.
Link a la nota completa.
21 marzo 2011
El disco recordado: Master of Puppets (Metallica, 1986)
Hoy cualquiera habla de Metallica. Dicen: “¡Yeah, Metallica!”, hacen los cuernitos y ponen caras como de estar aguantando las ganas de ir al baño. Los que crecimos escuchando la banda (y otras igual o más tremendas) no podemos sino mirar todo eso con un poco de desdén, con la displicencia de quien ni siquiera se ha dignado a escuchar lo que llevan haciendo desde los ’90, apenas rock para pequeño burgueses. Y no lo hacemos porque sí: sabemos que antes de reencarnar en enemigos de Napster (¡qué amarga es la traición!), los Metallica eran Dios hecho distorsión. Ahí está Master of puppets, el mejor disco de metal de todos los tiempos, una sinfonía para batería, bajo, dos guitarras y voz, en los que cada tema es el movimiento preciso de una obra mayor. No es ruido, infeliz: es música, y nadie llegó más lejos en la música haciendo tanto ruido. Pero no se trata de ver quién espanta más viejas, sino de todo lo contrario. Se trata de decirle a quien quiera oír: “¡Ea! Acá hay cuatro compositores notables haciendo buena música.” En cuanto a los fanáticos de Slayer, que seguro van a saltar a hablar pavadas: los espero a todos en la puerta. Ustedes pagan la primera vuelta de lo que sea. Y a ver si alguno me regala Reign in blood, que no lo tengo (y me hace falta).
Juan Pablo Cinelli, Publicado el 20 de Marzo de 2011, en diario Tiempo Argentino.
Juan Pablo Cinelli, Publicado el 20 de Marzo de 2011, en diario Tiempo Argentino.
18 marzo 2011
Educación
"Mientras la instrucción se limita a extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios a la perfección."
José Ingenieros, "II. De un idealismo fundado en la experiencia", en La moral de los idealistas.
Ed. Losada, 2008.
José Ingenieros, "II. De un idealismo fundado en la experiencia", en La moral de los idealistas.
Ed. Losada, 2008.
10 marzo 2011
04 marzo 2011
Progreso
"En la meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la humanidad nos pareció como un velero que cruza el tiempo infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las sociedades, las resistencias que éstas oponen al viento para utilizar su pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero, y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos por aquélla. Así -resistiéndolos, como las velas al viento-, los rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías propulsoras."
José Ingenieros, "VII. La vulgaridad", en El hombre mediocre (Cap. I)
Ed. Losada, Buenos Aires, 2008.
José Ingenieros, "VII. La vulgaridad", en El hombre mediocre (Cap. I)
Ed. Losada, Buenos Aires, 2008.
01 marzo 2011
Necesario
"Todo lo que existe es necesario."
José Ingenieros, "V. El espíritu conservador", en El hombre mediocre (Cap. I)
Ed. Losada, Buenos Aires, 2008.
26 febrero 2011
Fundas
"Desde que el hombre nace, su existencia se acompaña de un reptar, de un deslizarse, de un tránsito en las fundas de innumerables tejidos, paños, telas, que han de quedar unidos por siempre en la historia de su existencia. Del pañal primero al traje solemne que lleva en su entierro es un viaje de topo de camisa en camisa, de levita en levita, hasta penetrar -esta vez vestido por otro- en la funeraria.
Queda el recuerdo del flux verde de los días de penuria, que llegó a ser amarillo; queda el recuerdo del azul cruzado, inglés, que fue compañero de los primeros éxitos; y aquel, de esport, que llevaba cuando me declaré a Sonia; y aquel gris que me quité ante ella, mientras, ya desnuda, mordía un durazno. Y aquellos otros, acompañados de fechas, como los vinos de buenos años. Desde que abre los ojos hasta que los cierra -y aún después de cerrarlos- no hace el hombre más que desempeñar el papel de paraguas que tuviese varias fundas: fundas a las que, por lo demás, se atribuyen virtudes definidoras de condición, inteligencia y estado social."
Alejo Carpentier, fragmento de El derecho de asilo.
Ediciones Libros de tierra firme, Buenos Aires, 1985.
Queda el recuerdo del flux verde de los días de penuria, que llegó a ser amarillo; queda el recuerdo del azul cruzado, inglés, que fue compañero de los primeros éxitos; y aquel, de esport, que llevaba cuando me declaré a Sonia; y aquel gris que me quité ante ella, mientras, ya desnuda, mordía un durazno. Y aquellos otros, acompañados de fechas, como los vinos de buenos años. Desde que abre los ojos hasta que los cierra -y aún después de cerrarlos- no hace el hombre más que desempeñar el papel de paraguas que tuviese varias fundas: fundas a las que, por lo demás, se atribuyen virtudes definidoras de condición, inteligencia y estado social."
Alejo Carpentier, fragmento de El derecho de asilo.
Ediciones Libros de tierra firme, Buenos Aires, 1985.
21 febrero 2011
En el principio fue el ritmo
"El ritmo constituye en efecto la vida primitiva, visceral, instintiva de la música. Responde a una necesidad fundamental del hombre, impresionándole en sus fibras esenciales.
¿Por qué un motivo rítmico incansablemente repetido (como sucede, por ejemplo, en la música oriental) ejerce el poder de una droga? ¿Por qué los ritmos de un tam-tam surgiendo del susurro del bosque africano pueden hacer entrar en trance?
Tanto es así que uno de los más grandes percusionistas tradicionales africanos, Ghanaba, trastorna auditorías de miles de personas reduciendo a ritmos puros algunas de las más célebres partituras clásicas. Por sorprendente que pueda parecer esta opción, ello prueba que una obra musical despojada de todos sus elementos a excepción del ritmo mantiene una fuerza emocional.
Al analizar una partitura, nos fijaremos en el papel primordial que desempeña el ritmo: él es el pulso de la vida. Los niños negros tienen un sentido asombroso del ritmo. ¿Será por el hecho de que sus madres los llevan a la espalda mientras trabajan? Desde el nacimiento, se les ha habituado a vivir al ritmo de los pasos, de los gestos de la vida cotidiana; absorbiendo el movimiento. ¡Esos niños bailan desde que son capaces de tenerse en pie!
Es fascinante comprobar hasta qué punto la música, en su aspecto rítmico, es parte integrante de la vida. Y resulta sorprendente constatar cómo nuestros bebés, en cambio, muellemente paseados en cochecitos de niños -y alejados así de un ritmo vital- carecen de ese sentido innato."
Monique Deschaussées, "I. La música y la vida", en El intérprete y la música.
Ediciones Rialp, Madrid, 2002.
¿Por qué un motivo rítmico incansablemente repetido (como sucede, por ejemplo, en la música oriental) ejerce el poder de una droga? ¿Por qué los ritmos de un tam-tam surgiendo del susurro del bosque africano pueden hacer entrar en trance?
Tanto es así que uno de los más grandes percusionistas tradicionales africanos, Ghanaba, trastorna auditorías de miles de personas reduciendo a ritmos puros algunas de las más célebres partituras clásicas. Por sorprendente que pueda parecer esta opción, ello prueba que una obra musical despojada de todos sus elementos a excepción del ritmo mantiene una fuerza emocional.
Al analizar una partitura, nos fijaremos en el papel primordial que desempeña el ritmo: él es el pulso de la vida. Los niños negros tienen un sentido asombroso del ritmo. ¿Será por el hecho de que sus madres los llevan a la espalda mientras trabajan? Desde el nacimiento, se les ha habituado a vivir al ritmo de los pasos, de los gestos de la vida cotidiana; absorbiendo el movimiento. ¡Esos niños bailan desde que son capaces de tenerse en pie!
Es fascinante comprobar hasta qué punto la música, en su aspecto rítmico, es parte integrante de la vida. Y resulta sorprendente constatar cómo nuestros bebés, en cambio, muellemente paseados en cochecitos de niños -y alejados así de un ritmo vital- carecen de ese sentido innato."
Monique Deschaussées, "I. La música y la vida", en El intérprete y la música.
Ediciones Rialp, Madrid, 2002.
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