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04 enero 2016

Plomos

-¿Sabés qué pasa, Ricardito? - bromeó Julián-. Hay una condición inherente a todos los plomos: ellos no saben que lo son.

Roberto Fontanarrosa, Encuentro con Arturo. En Uno nunca sabe y otros cuentos. Buenos Aires, Planeta, 2013.

12 enero 2014

Folletos

Por ejemplo, usted toma este folleto de Curazao, ve las palmeritas, el mar, la playa maravillosa de arena blanca, el agua transparente transparente que parece un cristal, el celeste del mar, y piensa: esto es el Paraíso. Y es así, por supuesto que es así, la foto no miente. Lo que la foto no le transmite a usted es que hay días, yo no sé si por la época o por la presión ambiental o la humedad o lo que sea, que del mar viene una baranda a pescado podrido que te voltea.

Roberto Fontanarrosa, Nada del otro mundo.

14 septiembre 2012

Rosarigasinas

Quizá sea porque recién son las siete menos cuarto de la tarde y acá todo trata de mostrarse muy puntual. En cualquier caso, me lo habían dicho varias veces:
 --No, vos te parás a las siete de la tarde en San Martín y Córdoba y te querés matar.
 Yo llevo un rato parado en esta esquina y sigo vivo. Córdoba y San Martín son peatonales y pasa mucha gente.
 --No sabés, diez, quince minutos en esa esquina y te morís de la tortícolis.
 Yo sabía que exageraban pero -me suele suceder- quise creerles:
 --Son las mejores minas del planeta, loco. Te parás ahí y es un infierno, un festival.
 Es raro cuando una cultura equipara infierno y festival: me gusta, me interesa.
 --No, boludo, en serio te lo digo.
 Yo estuve: juro que estuve. En una de las ochavas de esa esquina hay una casa de cambio ya cerrada; en otra un arco que fue la entrada de un banco de la Nación pero ahora se quedó solo en medio de la calle; en la tercera un McDonald's en un edificio majestuoso de principios de siglo, y en la cuarta una sedería fundada en 1948, cuando París era la clave de cualquier elegancia: Sedas Eiffel, se llama. Yo estuve y, sin ánimo de ofender, aquí estoy, vivo.
 --Y, tanta alharaca siempre produce desengaño. A mí me ha pasado lo mismo en Río de Janeiro, en Cali, lugares famosos por sus mujeres. Claro, vos estás un día, mirás un poco y no encontrás, seguro. Pero que las hay, las hay.
 Dice Fontanarrosa, como tantos otros: que las rosarinas son las mejores minas del país.
 --Pero no tiene mucho sentido, ¿no? Quiero decir: la mezcla de razas y la forma de vida es muy parecida a la de Buenos Aires, o sea que no habría razones para que el producto sea muy diferente. ¿Por qué podría ser?
 Les dije a varios y las respuestas son variadas, con predominio de los fundamentalistas que no buscan explicaciones: sostienen, furibundos. Otros sí razonan:
 --Mirá, quizás por que acá hubo más inmigración del norte de Italia y los países eslavos.
 --Quizás por que acá la vida es más tranquila, que las minas tienen más tiempo para ocuparse de esas cosas.
 --Quizás sea la concentración, nomás. Como es una ciudad más chica, las mejores se juntan en los mismo lugares, acá en la peatonal, en ciertos clubes...
 Dicen, entre otras, pero ninguna resulta del todo convincente.
 --Mirá, puede que sea pura sanata. Pero yo igual creo que habría que reforzar el atractivo turístico a la ciudad declarándola Capital Nacional de la Potra.
Dice Fontanarrosa y yo me río. A Fontanarrosa siempre le han dicho "el Negro" y me da un ataque de ternura patria: me parece que no hay nada más argento que decirle "Negro" -nuestro sobrenombre más propio- a un tipo de tez blanca y ascendencia italiana.
 --Sí, capaz que son ficciones que, afortunadamente para la ciudad, se han ido agrandando. Ésa es la mejor de las leyendas de Rosario, una de las más poderosas, y hay que mantenerla. No vayas a traicionar, no seas porteño.


Martín Caparrós,  El interior, Seix Barral, Buenos Aires, 2010.

08 octubre 2010

Ese idioma en joda...

"Reflexionando el Colo [...] derivó indefectiblemente en la memoria de cuánto lo habían atemorizado los camioneros cuando se iba acercando, aquella noche, a Pelotas. O a Torres. O a Florianópolis. Y él iba con la familia en un Citröen, vehículo impensable para los brasileños, a disfrutar de unos días en la playa. Carro estranho había musitado un morocho girando curioso en torno al Citröen, cuando pararon en una estación de servicio. "Imposible tenerlo acá en Brasil" agregó luego. "No los fabrican" arriesgó el Colorado, amistoso. "No -sonrió el moreno-. Le cortan la capota y le roban todo". "Tudu" pronunciaba, en ese idioma en joda que ellos tienen. Y los camiones, madre mía. Enormes, prepotentes, rumorosos, terminales. En esas carreteras ondeantes, sinuosas y mojadas por la lluvia intermitente y rompepelotas. Por la noche aquellas moles se ubicaban sigilosamente detrás del Citröen y luego lanzaban sobre él un torrente de luz, una catarata enceguecedora de un blanco definitivo que bañaba la región, el asfalto, el perfil verde de los morros amenazantes, y penetraba en el interior, restallando en el espejito retrovisor como una cachetada de advertencia. Y el colo no hallaba el espacio a la derecha para tirarse. A la derecha estaba la franja blanca del límite del camino. Después, la negrura de la noche, quizás los mojones, quizás el abismo, quizás el precipicio de cientos de metros sobre el mar oscuro, tal vez una franjita mínima de tierra donde el día de mañana abriría sus brazos una pequeña cruz recordatoria de la familia argentina que plegó sus alas buscando el talco de las playas brasileñas, la amabilidad de sus aguas y el rosáceo nácar de las casquinhas del sirí."


Roberto Fontanarrosa, en el cuento Cenizas, del libro La mesa de los galanes y otros cuentos.

16 septiembre 2010

El momento exacto

"[...] enseguida dijo "¡Qué frío hace!"... ¡Y ése era el momento! ¡Ése era el momento, Dios mío! ¿Cómo pude haberlo dejado pasar? ¡Ése era el momento exacto! Ella tenía frío, estaba oscureciendo y me daba el pie, para colmo; yo tenía que aprovecharlo invitándola a tomar un café. Ahí estaba el tiro, mi querido. Y... ¿por qué no lo hice? ¿Por qué? Un poco por cagazo, es cierto. Una pregunta de ésas es ya desnudarse completamente, dejar al descubierto los más bajos instintos, pero otro poco porque no se podía, no era posible. Yo estuve bien, pese a todo lo que quiera torturarme, estuve bien. La mina estaba esperando el ómnibus, tenía que volver a la casa, la estaban esperando los viejos, creo que hasta tiene el viejo enfermo y no tenía tiempo para ir a tomar un café. Eso era. Por eso no lo hice. El ómnibus podía aparecer en cualquier momento, por otra parte. Es cierto que yo no lo veía, pero lo intuía, lo olfateaba en el aire. Los omnibuses aparecen de improviso, andan a lo loco, y yo no iba a andar invitándola a un café cuando la piba estaba esperándolo. Y eso que tenía la guita para invitarla y todo, te cuento. Pero no me pareció prudente. Es una cosa de respeto hacia la otra persona, hacia el ser querido. No me pareció que... ¡Mentira! ¡Soy un pelotudo, un pelotudo atómico! [...]"


Roberto Fontanarrosa, fragmento del cuento Ella dijo, del libro La mesa de los galanes y otros cuentos.

23 agosto 2010

Puto el que lee esto



Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf... el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos." Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto." Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de esos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen Paris Review y están suscriptos en Le Monde Diplomatique. ¡Sí, señor -les contesto-, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien mil golpes bajos, para que me presten atención de una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a los que ya han escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos y novelas, no. Todos aspiraron a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir: "Me voy con rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribía, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Molière, de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en las mesas de saldos.
Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. "Me voy, me muero, cagué la fruta -podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches." Que los quemen, qué tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro, señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar cómo forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y de esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podrían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Prilimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprescindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano.
Allí, a ese mar de palabras, adjetivos, verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno a una mesa de saldos o novedades con paso tardío, distraído, pasando apenas la yema de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acertado, una faja más prometedora. Finge. El lector finge. Finge erudición y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano.
Y el libro está solo, feroz y despiadadamente solo entre los tres millones de libros que compiten con él para venderse. Sabe, con la sabiduría que le da la palabra escrita, que su tiempo es muy corto. Una semana, tal vez. Dos, con suerte. Después, si su reclamo no fue atractivo, si su oferta no resultó seductora, saldrá de la mesa exclusiva de las novedades VIP diríamos, para aterrizar en algún exhibidor alternativo, luego en algún estante olvidado, después en una mesa de saldos y por último, en el húmedo y oscuro depósito de la librería, nicho final para el intento fracasado. Ya vienen otros -le advierten-, vendete bien que ya vienen otros a reemplazarte, a sacarte del lugar, a empujarte hacia el filo de la mesa para que te caigas y te hagas mierda contra el piso alfombrado.
No desaparecerá tu libro, sin embargo, no, tenelo por seguro. Sea como fuere, es un símbolo de la cultura, un icono de la erudición, vale por mil alpargatas, tiene mayor peso específico que una empanada, una corbata o una licuadora. Irá, eso sí, con otros millones, al depósito oscuro y maloliente de la librería. No te extrañe incluso que vuelva un día, como el hijo pródigo, a la misma editorial donde lo hicieron. Y quede allí, al igual que esos residuos radioactivos que deben pasar una eternidad bajo tierra, encerrados en cilindros de baquelita, teflón y plastilina para que no contaminen el ambiente, hasta que puedan convertirse en abono para las macetas de las casas solariegas.
De última, reaparecerá de nuevo, Lázaro impreso, en la mano de algún boliviano indocumentado, junto a otros dos libros y una birome, como oferta por única vez y en carácter de exclusividad, a bordo de un ómnibus de línea o un tren suburbano, todo por el irrisorio precio de un peso. Entonces, caballeros, no esperen de mí una lucha limpia. No la esperen. Les voy a pegar abajo, mis amigos, debajo del cinturón, justo a los huevos, les voy a meter los dedos en los ojos y les voy a rozar con mi cabeza la herida abierta de la ceja.
"Puto el que lee esto."
John Irving es una mentira, pero al menos no juega a ser repugnante como Bukowski ni atildadamente pederasta como James Baldwin. Y dice algo interesante uno de sus personajes por ahí, creo que en El mundo según Garp: "Por una sola cosa un lector continúa leyendo. Porque quiere saber cómo termina la historia". Buena, John, me gusta eso. Te están contando algo, querido lector, de eso se trata. Tu amigo Chiquito te está contando, por ejemplo en el club, cómo al imbécil de Ernesto le rompieron el culo a patadas cuando se puso pesado con la mujer de Rodríguez. Vos te tenés que ir, porque tenés que trabajar, porque dejaste la comida en el horno, o el auto mal estacionado, o porque tu propia mujer te va a armar un quilombo de órdago si de nuevo llegás tarde como la vez pasada. Pero te quedás, carajo. Te quedás porque si hay algo que tiene de bueno el sorete de Chiquito es que cuenta bien, cuenta como los dioses y ahora te está explicando cómo el boludo de Ernesto le rozaba las tetas a la mujer de Rodríguez cada vez que se inclinaba a servirle vino y él pensaba que Rodríguez no lo veía. No te podés ir a tu casa antes de que Chiquito termine con su relato, entendelo. Mirás el reloj como buen dominado que sos, le pedís a Chiquito que la haga corta, calculás que ya te habrá llevado el auto la grúa, que ya se te habrá carbonizado la comida en el horno, pero te quedás ahí porque querés eso que el maricón de John Irving decía con tanta gracia: querés saber cómo termina la historia, querido, eso querés.
Entonces yo, que soy un literato, que he leído a más de un clásico, que he publicado más de tres libros, que escribo desde el fondo mismo de las pelotas, que me desgarro en cada narración, que estudio concienzudamente cómo se describe y cómo se lee, que me he quemado las pestañas releyendo a Ezra Pound, que puedo puntuar de memoria y con los ojos cerrados y en la oscuridad más pura un texto de setenta y ocho mil caracteres, que puedo dictaminar sin vacilación alguna cuándo me enfrento con un sujeto o con un predicado, yo, señores, premio Cinta de Plata 1989 al relato costumbrista, pese a todo, debo compartir cartel francés con cualquier boludo. Mi libro tendrá, como cualquier hijo de vecino, que zambullirse en las mesas de novedades junto a otros millones y millones de pares, junto al tratado ilustrado de cómo cultivar la calabaza y al horóscopo coreano de Sabrina Pérez, junto a las cien advertencias gastronómicas indispensables de Titina della Poronga y las memorias del actor iletrado que no puede hacer la O ni con el culo de un vaso, pero que se las contó a un periodista que le hace las veces de ghost writer. Y no estaré allí yo para ayudarlo, para decirle al lector pelotudo que recorre con su vista las cubiertas con un gesto de desdén obtuso en su carita: "Éste es el libro. Éste es el libro que debe comprar usted para que cambie su vida, caballero, para que se le abra el intelecto como una sandía, para que se ilustre, para que mejore su aliento de origen bucal, estimule su apetito sexual y se encame esta misma noche con esa potra soñada que nunca le ha dado bola".
Y allí estará la frase, la que vale, la que pega. El derechazo letal del Negro Monzón en el entrecejo mismo del tano petulante, el trompadón insigne que sacude la cabeza hacia atrás y hacia adelante como perrito de taxi y un montón de gotitas de sudor, de agua y desinfectante que se desprenden del bocho de ese gringo que se cae como si lo hubiese reventado un rayo. "Puto el que lee esto." Aunque después el relato sea un cuentito de burros maricones como el de Platero y yo, con el Angelus que impregna todo de un color malva plañidero. Aunque la novela después sea la historia de un seminarista que vuelve del convento. Aunque el volumen sea después un recetario de cocina que incluya alimentos macrobióticos.
No esperen, de mí, ética alguna. Sólo puedo prometerles, como el gran estadista, sangre, sudor y lágrimas en mis escritos. El apetito por más y la ansiedad por saber qué es lo que va a pasar. Porque digo que es puto el que lee esto y lo sostengo. Y paso a contarles por qué lo afirmo, por qué tengo autoridad para decirlo y por qué conozco tanto sobre su intimidad, amigo lector, mucho más de lo que usted nunca hubiese temido imaginar. Sí, a usted le digo. Al que sostiene este libro ahora y aquí, el que está temiendo, en suma, aparecer en el renglón siguiente con nombre y apellido. Nombre y apellido. Con todas las letras y hasta con el apodo. A usted le digo. 


Roberto Fontanarrosa, texto que encontré en internet.

30 julio 2010

La educación de los hijos

-Perdonalo Alfonso.
-No, no lo perdono nada.
-Ay yo no sé.
-No lo perdono. No.
-Pero es que ya es mucho.
-No; qué es mucho. El que la sigue es él.
-Pero es chico, vida.
-Qué chico ni chico, que aprenda ahora. Yo también fui chico si es por eso.
-Sí, pero ahora es distinto.
-Mirá, Clarita, terminemos, yo no lo perdono ni mierda, tampoco lo voy a ir a hablar.
-Lo que pasa es que vos sólo pensás en vos, ¿y yo? A mí que me parta un rayo. ¿Te creés que me gusta que vienen y me preguntan por la calle?
-Vos por que das bola, además, la educación de los hijos cada uno la hace como se le canta.
-Es que ya va a perder el año, te lo dije Alfonso, me habló la señorita.
-Peor es que pierda el respeto por su padre, si pierde un año ya lo va a recuperar, no es idiota el chico, creo ¿no?
-Yo no, no sé, lo único que te digo es que no veo las horas de verlo de nuevo.
-Y yo también, ¿qué te creés?, ya va a salir te digo, ya va a salir.
-Sí, lo mismo dijiste en octubre y todavía está ahí.
-Es que vos no tendrías que haberle llevado comida. Te lo dije...
-Pero Alfonso, ¡se iba a morir!
-¡Qué mierda se va a morir, ya ibas a ver cómo salía!
-Pero no se puede hacer eso, después de todo, como dice mamá, por una soncera.
-Tu mamá que no se meta en esto, además lo que pueda decir me importa un huevo.
-¡Alfonso!
-Me importa un huevo, si está reblandecida yo no tengo la culpa.
-No pensabas así cuando le pediste plata.
-Yo sabía que iba a salir lo de la plata, sí, sabía que eso le iba a dar excusa para meterse en todo lo que no le importa.
-¡Qué no le importa, es el nieto y se está muriendo de hambre!
-Si se está muriendo de hambre que se joda, en Saigón, por ahí, se mueren miles de pibes de hambre, ¿o no leés los diarios vos?
-Acá no es Saigón, y si allá se mueren de hambre yo no voy a permitir que acá mi hijo se muera de hambre.
-Vos no te preocupés, ya va a salir, no podrá resistir mucho más.
-¿Te parece bien eso?, que tu hijo se coma el algodón, los elásticos, ¿te parece?, que se coma el cotín.
-Ya también se le va a terminar, ¿vos lo viste?
-Ayer lo ví.
-¿Cómo está?
-No lo vi mucho, estaba oscuro.
-Hubieras prendido la luz.
-No. Grita. Le hace mal la luz. Vos no crees pero, ¿no se estará quedando ciego?
-¡Pero mirá con lo que salís ahora. ¿qué? ¿vas a hacer un drama porque el otro boludo caprichoso se metió ahí y no quiere salir?
-Pero grita.
-Que grite ¡qué joda!, tanto tiempo a oscuras a cualquiera le molesta la luz.
-Y la señorita dijo que no iba a venir...
-¿Y quién la llamó?
-Yo, como la otra vez vino...
-¿Y a qué vino?
-A decirle a ver si salía, que volviera al colegio, que los compañeritos lo extrañaban.
-¿Y el otro?
-Que no, que no y que no.
-No la llamés más a esa boluda.
-No seas así, ahora dijo que no venía por que le duele la cintura y no puede estar mucho agachada, además que le da no sé qué verlo así.
-Y también el olor.
-Claro Alfonso, el olor, nosotros no nos damos ya cuenta, pero la gente, la gente sí. Imagináte tanto tiempo haciendo caca y pis ahí abajo. Ay, Dios mío, Alfonso por favor, yo no sé, vos también.
-Yo también nada, si caga y mea ahí abajo dejálo, que se joda, tirá creolina, kerosén.
-No le puedo tirar Alfonso, entendé, mirá si se infesta, creo que está lastimado, que se clavó una astilla en la rodilla.
-Mulas, son mulas para que le tengamos lástima.
-¿Y cómo no le vas a tener lástima, Alfonso? Es chico.
-¿Y él tiene lástima cuando hace las perrerías que hace? ¿Tiene lástima? Así se va a educar. Va a ver.
-Yo no sé, si no sale para las Fiestas yo llamo a alguien, no sé, o agarro y me vuelvo loca.
-Perdé cuidado que va a salir, ya en diciembre esa pieza es un fuego. Vas a ver cómo sale cuando se achicharre ahí abajo, muerto de hambre y entre la caca recalentada.
-¿Y si no sale Alfonso?
-Si no sale ya veremos, no te preocupés, yo tampoco quiero paras las Fiestas sin él.


Roberto Fontanarrosa, La educación de los hijos, insólito cuento del libro Los trenes matan a los autos.