08 febrero 2015

Navegación a vela

Los jázaros acostumbraban poner en algunas de las naves de su flota, en vez de velas, redes de pesca. Y esas naves navegaban como todas las demás. Cuando un griego les preguntó a los sacerdotes jázaros cómo lo lograban, un judío, que estaba presente en la conversación, respondió en el lugar de aquellos a los que iba dirigida la pregunta: "Es fácil, en vez del viento, en esas redes retienen otra cosa".


Milorad Paviç, Diccionario jázaro, Novela léxico, 1989. Citado en Luis Chitarroni y Raúl Brasca, Antología del cuento breve y oculto, Sudamericana, Buenos Aires.

27 enero 2015

Ideas en el cuerpo

Las ideas no están en la cabeza, están por todo el cuerpo. Para que no las puedas borrar.


Arístides Vargas, Instrucciones para abrazar el aire.
Teatro La Comedia. Rosario, Santa Fe. 4-9-2014.


Y caminaba, quería extenuarlo a su cuerpo, agotarlo definitivamente, aplastarlo por el cansancio hasta tal grado que le fuera imposible modular una sola idea.


Roberto Arlt, Los siete locos.
Barcelona, Sol90, 2001.

Debilidad del individuo

Nuestra democracia liberal ha dejado que la economía no dependa de ningún poder, que esté dirigida solo por las leyes del mercado, sin ninguna restricción de las acciones de los individuos y por eso la comunidad sufre. La economía se ha vuelto independiente y rebelde a cualquier poder político y la libertad que adquirieron los más poderosos se ha convertido en la falta de libertad de los menos poderosos. El bien común ya no está defendido ni tutelado. Y la liebre libre en el gallinero priva de libertad a las gallinas.
[el individuo] Paradojalmente es más débil, sí, porque los más poderosos tienen más, aunque son un grupo reducido, mientras que la población se empobrece y la desigualdad aumenta vertiginosamente. Y los individuos pobres no son libres. Cuando no es posible encontrar el modo de curar tu enfermedad, cuando no podés vivir en la casa que tenés porque no la podés pagar, no sos más libre. No podés ejercer la libertad si no tenés poder, y entonces se transforma en una palabra escrita en los papeles.



Tzvetan Todorov, entrevista en Revista Ñ.

19 enero 2015

La única verdad no es la realidad

[…] No creía, como Perón, que la única verdad es la realidad. […] Creía que toda realidad puede ser creada, si la creamos nosotros como fruto de nuestro triunfo. Y que toda realidad, si es adversa, puede ser vencida, porque nuestra pasión, nuestra voluntad de vencerla es más fuerte que ella. Al fin y al cabo, ¿qué es la realidad? Algo ya constituido, ya hecho, un bloque en sí, que remite a sí, cuya fuerza es no cambiar, es ser lo que es para siempre, la realidad es un cascote en el camino invencible de la voluntad. La realidad es reaccionaria. La voluntad, revolucionaria. No es casual que la Generación del 80 —venerada por la oligarquía y por algunos de nuestros curiosos teóricos de izquierda como Oscar Terán— se haya entregado a los brazos de la filosofía positivista. El positivismo es la consagración de lo dado, de lo constituido, de lo que cerró, de lo ya totalizado. Es la glorificación de los hechos. Porque los hechos, las cosas, son nuestras, dicen las clases dominantes. Sólo hay que decir que son la verdad, todo régimen triunfante dirá: la única verdad es la realidad. Porque es su realidad la que ha triunfado. No en vano la frase viene de Hegel. El Hegel que glorifica la monarquía por estamentos de Federico Guillermo de Prusia. De él la tomó Clausewitz. Y de él la tomó Perón. El monarca prusiano acaso haya dicho a Hegel: «Maestro Hegel, hemos triunfado. La realidad es nuestra. Ahora santifíquela por medio de la filosofía». Y todo el sistema hegeliano conducía a una glorificación final de la realidad. Eso que el maestro de Jena llamó: saber absoluto. […]


José Pablo Feinmann, El flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner.

09 enero 2015

Ética estética

 La ética es tan aburrida en la ciencia como en la vida. ¡Qué contraste! Bajo el cielo de la estética todo es fácil, hermoso, alado; pero, cuando entra la ética, todo se convierte entonces en adusto, triste, infinitamente aburrido. 


Søren Kierkegaard, Diario de un seductor.
Buenos Aires, Terramar, 2012.

Porvenir

 […] si miramos adelante, hacia un porvenir muy remoto, y tratamos de representarnos las generaciones futuras, con sus millones de individuos humanos diferentes de nosotros en usanzas y costumbres, nos hacemos estas preguntas: ¿De dónde vendrán todos? ¿Dónde están ahora? ¿Dónde se halla el amplio seno de la nada, preñado del mundo, que aún guarda las generaciones
venideras?
Pero ante estas preguntas hay que sonreírse y responder: no puede estar sino donde toda realidad ha sido y será, en el presente y en lo que contiene; por consiguiente, en ti, preguntón insensato, que desconoces tu propia esencia y te pareces a la hoja en el árbol cuando, marchitándose en otoño y pensando en que se ha de caer, se lamenta de su caída y no quiere consolarse a la vista del fresco verdor con que se engalanará el árbol en la primavera, dice gimiendo: «No seré yo, serán otras hojas».
¡Ah, hoja insensata! ¿Adonde quieres ir, pues, y de dónde podrían venir las otras
hojas? ¿Dónde está esa nada, cuyo abismo temes? Reconoce, pues, tu mismo ser en esa fuerza íntima, oculta, siempre activa, del árbol, que a través de todas sus generaciones de hojas no es atacado ni por el nacimiento ni por la muerte. ¿No sucede con las generaciones humanas como con las de las hojas?


Arthur Schopenhauer, Metafísica de la muerte.

28 diciembre 2014

Pesimismo prusiano

Para Schopenhauer, no hay que mentirse a sí mismo sobre este punto: el amor, aunque a veces parezca etéreo,  aunque esté maquillado a menudo de sentimentalismo,  siempre tiene su raíz en el instinto sexual. Más aún: en el fondo, sólo apunta a la reproducción de la especie. 
Dos tortolitos que, en medio del espejismo amoroso, creen actuar en función de su propio gusto y con vistas a una satisfacción absolutamente personal, en realidad no hacen más que obedecer a los intereses del rebaño. Un bebé rosado y lloroso: ese es el objetivo inconsciente de todo amor humano. Una vez disipada la ilusión romántica,  no queda más que la desconcertada contemplación de un recién nacido bastante molesto, dentro de una cuna convertida en la tumba de la pareja. Un pequeño ser tan destinado a la decadencia y la muerte como los absurdos padres que, sin consultarlo, lo condenaron a la vida.


Aude Lancelin y Marie Lemonnier, Los filósofos y el amor. De Sócrates a Simone de Beauvoir.
El ateneo, Buenos Aires, 2013.

25 diciembre 2014

¿Entender, o sentir?

No se tiene razón cuando se acusa a quien no ve el valor o la hermosura de lo que nos conmueve o encanta, de no entenderlo. Trátase aquí no tanto de lo que el entendimiento comprende como de lo que el sentimiento experimenta. Tienen, sin embargo, las facultades del alma tan grande conexión entre sí, que, las más veces, de las manifestaciones de la sensibilidad pueden deducirse las condiciones intelectivas. Vanas resultarían las dotes intelectuales para quien al mismo tiempo no tuviese un vivo sentimiento de lo bello y lo noble, sentimiento que sería el móvil de aplicarlas bien y con regularidad.


Immanuel Kant, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime.
CALPE, Barcelona, 1919.

09 diciembre 2014

Escucha

Estar con quien se ama y pensar en otra cosa: es de esta manera como tengo los mejores pensamientos,  como invento lo mejor y más adecuado para mi trabajo. Ocurre lo mismo con el texto: produce en mí el mejor placer si llega a hacerse escuchar indirectamente,  si leyéndolo me siento llevado a levantar la cabeza a menudo, a escuchar otra cosa. No estoy necesariamente cautivado por el texto de placer; puede ser un acto sutil, complejo, sostenido, casi imprevisto: movimiento brusco de la cabeza como el de un pájaro que no oye nada de lo que escuchamos, que escucha lo que nosotros no oímos. 


Roland Barthes, El placer del texto.
Buenos Aires, Siglo XXI, 2014.

06 diciembre 2014

Cuestión de estilo

[…] vos te das cuenta cuando una persona está hablando con su voz más verdadera, más profunda. Eso da el estilo de la persona. El alumno que viene por primera vez al taller, por lo general tiene la idea de que debe tratar de escribir como se debe escribir. Todo el estilo personal está borrado, eliminado, y lo que recibís del alumno son penosos esfuerzos por meterse en un estilo convencional que él cree es lo mejor, lo ideal, porque lo recibió de distintas fuentes en las que él depositó gran confianza. En algún momento de su vida estas fuentes confiables le dijeron cómo se debe escribir. Todo esto no sirve para nada y hay que destruirlo. Hay que conseguir que el alumno pueda expresarse con su propia voz, su propio estilo. Vos te das cuenta cuando una persona está tratando de conseguir una voz convencional o cuando está diciendo las cosas tal como las siente.
[…]
Tanto cuando escucha como cuando lee, la gente todavía está muy encerrada en los contenidos. Juzga un texto por los contenidos. A veces incluso por los sonidos, por la combinación de palabras. Cuando alguien dice “me gustó mucho tu texto en la parte que decís tal cosa”, quiere decir que el texto no está bien, pero destaca algo que sobresalió, algo que fue pensado o salió por casualidad con una forma especialmente afortunada, que se despega del contexto, y que en cierto modo es un parche, una cosa fallida dentro del texto general. Entonces se rescata “al menos” eso. La gente presta atención a los contenidos, a los argumentos, a las afortunadas combinaciones de palabras, incluso a las ingeniosidades, que no tienen nada que ver con la literatura. Lo único que importa en literatura es el estilo. Una vez que se alcanzó eso se puede decir lo que quieras. Cualquier narración, cualquier cosa que pongas va a estar bien, se va ajustar perfectamente con lo que estás expresando. Puede ser algo desagradable, o nada edificante, pero ése sos vos, un ser único. El estilo personal es imposible de alcanzar con oficio. No hay oficio que lo pueda conseguir.


Entrevista a Mario Levrero, Revista Ñ.
http://www.clarin.com/rn/literatura/ficcion/Levrero-secreto-mejor-guardado_0_1261673839.html